En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Al entrar en el túnel vimos que su trazado general, al menos a lo largo de los primeros quince pies en ambas direcciones, era de paredes, suelo y techo abovedado formado por la acostumbrada arquitectura megalítica. Las paredes estaban sucintamente adornadas con medallones de dibujos sencillos y estilo tardío decadente, y toda la fábrica y las tallas estaban en maravilloso estado de conservación. El suelo se hallaba limpio, exceptuando algunos detritus dejados por los pingüinos al salir y las huellas impresas por otros al entrar. Cuanto más avanzábamos más templado se hacía el ambiente, con lo que no tardamos en desabrocharnos las prendas de más abrigo. Pensamos si realmente se darían allá abajo fenómenos ígneos y si las aguas de aquel mar sin sol estarían calientes. Al cabo de una corta distancia, los bloques de piedra fueron reemplazados por la roca viva, aunque el túnel conservó las mismas proporciones y siguió presentando la misma regularidad de horadación. En ocasiones, la pendiente era tan fuerte que se habían tallado hendiduras en el piso. Vimos algunas bocas de galerías laterales que no aparecían en nuestro plano, pero ninguna de naturaleza tal que pudiera dificultar nuestro regreso, y todas ellas ofrecían refugio en caso de que en nuestra vuelta topáramos con seres desagradables. El hedor de tales seres era muy perceptible. Indudablemente era una aventura suicida y necia adentrarse en aquel túnel en las condiciones descritas, pero la, tentación de lo desconocido es en ciertas personas más fuerte de lo que se cree, y al fin y al cabo esa tentación