En las montañas de la locura
En las montañas de la locura La regularidad de la galería que se abría ante nosotros, y también la mayor abundancia de excrementos de pingüino que había en aquel lugar, evitaba errar el camino en aquella plétora de bocas de caverna igualmente grandes. No obstante, decidimos volver a dejar un rastro de trozos de papel si se presentaban complicaciones, pues ya no podíamos esperar guiamos por las huellas dejadas en el polvo. Al reanudar la marcha iluminamos en varios puntos las paredes del túnel y nos quedamos atónitos al percibir el cambio tan radical que se apreciaba en los ‘bajorrelieves de esta parte del corredor. Apreciábamos, naturalmente, la notable decadencia de las esculturas de los Primordiales en el período en que abrieron el túnel y ya habíamos observado la mediocre artesanía de los arabescos en los tramos que habíamos dejado atrás. Pero ahora, en aquella profunda sección de más allá de la caverna, se advertía una sutil diferencia que resultaba inexplicable, una diferencia en su naturaleza básica distinta de la merma de calidad que suponía tan profunda y calamitosa degradación de la habilidad de los artesanos y que resultaba inesperada en vista de lo que habíamos observado anteriormente.