En las montañas de la locura
En las montañas de la locura En menos, de un cuarto de hora encontramos la empinada cuesta -probablemente antigua escalinata- que conducía a las estribaciones y por la cual habíamos bajado, y pudimos ver el bulto oscuro del aeroplano entre las ruinas diseminadas por la pendiente que teníamos delante. Como a medio camino, nos detuvimos unos instantes para recobrar el aliento, y volvimos la cabeza para contemplar una vez más el fantástico y desordenado conjunto de pétreas siluetas que se veían a nuestros pies, recortadas misteriosamente una vez más contra un occidente desconocido. Al hacerlo, vimos que el cielo del fondo había perdido la neblina mañanera; los volátiles vapores del hielo habían ascendido hasta el cenit, en donde sus burlonas siluetas parecían estar a punto de formar algún extraño dibujo que temieran definir de forma plena o conduyente.