En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Como sabe el público, nuestro regreso al mundo civilizado se logró sin más desastres. Todos los aeroplanos llegaron a la antigua base en la tarde del día siguiente -27 de enero-, después de un rápido vuelo sin escalas; el 28 llegamos a la bahía de McMurdo tras dos etapas de vuelo la única escala, muy breve, fue debida a la avería de un timón provocada por el tremendo viento que soplaba por encima de la muralla de hielo una vez atravesada la gran meseta. A los cinco días, el Arkham y el Miskatonic, con toda la tripulación y todo el equipo a bordo, nos alejamos de los mantos de hielo cada vez más espesos y navegamos rumbo al Norte por el mar de Ross con las burlonas alturas de Tierra Victoria descollando contra un alborotado cielo antártico hacia el Oeste y desfigurando los gemidos del viento hasta convertirlos en silbos musicales que abarcaban una amplia escala y que me helaron el alma hasta lo más hondo. Menos de dos semanas después dejamos atrás el último indicio de regiones polares y dimos gracias al cielo por haber salido de un territorio embrujado y maldito en que la vida y la muerte, el espacio y el tiempo habían formado oscuras y blasfemas alianzas en las épocas ignotas en que la materia serpenteó primero y nadó después sobre la corteza apenas enfriada del planeta.