En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Como ya he dicho, resultó que Gedney y uno de los perros habían desaparecido. Al descubrir aquel terrible cobertizo, habíamos echado de menos a dos perros y a dos hombres, pero la tienda de disección, poco dañada, en la que entramos después de investigar las monstruosas tumbas, tenía algo que revelarnos. No estaba como Lake la había dejado, pues los trozos cubiertos de aquella monstruosidad primigenia ya no se hallaban sobre la improvisada mesa de disección. De. hecho, ya nos habíamos percatado de que uno de esos seis seres imperfectos y demencialmente inhumados que habíamos encontrado -el que conservaba vestigios de un olor singularmente odioso- debía corresponder al conjunto de los trozos del ente que Lake había tratado de estudiar. Sobre la mesa del laboratorio, y alrededor de ella, había esparcidas otras cosas, y no tardamos en adivinar que eran los trozos, minuciosa pero extraña y torpemente diseccionados de un hombre y un perro. Callaré el nombre de aquella persona en atención a los sentimientos de sus familiares. Habían desaparecido los instrumentos de cirugía de Lake, pero sí había señales de que habían sido limpiados cuidadosamente. También se había esfumado la estufa de gasolina, aunque si encontramos un curioso revoltijo de cerillas. Enterramos los restos humanos junto a los otros diez hombres, y los restos de los perros, junto a los cadáveres de los otros treinta y cinco animales. En cuanto a las extrañas manchas de la mesa del laboratorio y el desordenado montón de libros ilustrados, violentamente manoseados, que había a su lado, nos encontrábamos demasiado aturdidos para hacer conjeturas sobre ello.


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