En las montañas de la locura

En las montañas de la locura

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Pero lo ocurrido era en cualquier caso horrendo y repugnante. Tal vez sea mejor que deje a un lado los escrúpulos y diga al fin lo peor, aunque manifieste categóricamente la opinión de que, a juzgar por las observaciones directas y las rigurosas deducciones que hicimos tanto Danforth como yo, el por entonces desaparecido Gedney nada tuvo que ver con los abominables horrores que encontramos. He dicho que los cadáveres estaban espantosamente destrozados, pero ahora debo añadir que algunos de ellos mostraban incisiones muy curiosas, hechas a sangre fría y de la manera más inhumana. Me refiero tanto a los perros como a los hombres. Los cuerpos más sanos y gruesos de cuadrúpedos y bípedos estaban despojados de las partes más carnosas, como si hubieran pasado por manos de un hábil carnicero; y en torno suyo había sal esparcida, procedente de las cajas de provisiones que se hallaban en los aeroplanos y que habían sido saqueadas, lo que evocaba las más horribles imágenes. Todo había ocurrido en uno de los rudimentarios cobertizos del cual habían sacado uno de los aeroplanos; los vientos habían borrado después todas las huellas que hubieran podido servir de base una teoría plausible. Los trozos de ropas que estaban esparcidos, arrancados brutalmente de los cuerpos que mostraban las incisiones, no ofrecían ningún indicio. De nada sirve sacar a relucir aquí las huellas que hallamos débilmente marcadas sobre la nieve en una esquina resguardada del destrozado cercado, pues no tenían nada que ver con huellas humanas, sino que estaban claramente relacionadas con aquellas huellas fosilizadas de las que el pobre Lake había estado hablando las semanas anteriores. Era necesario frenar la imaginación al socaire de aquellas ensombrecedoras montañas de locura.


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