En las montañas de la locura
En las montañas de la locura Danforth y yo, al estudiar las notas tomadas por Pabodie en su vuelo de la tarde y hacer algunas comprobaciones con el sextante, habíamos calculado que el paso más bajo que ofrecía la cordillera se encontraba a nuestra derecha, a la vista del campamento y a una altura de veintitrés o veinticuatro mil pies sobre el nivel del mar. Partimos, pues, rumbo a ese lugar en el aligerado aeroplano a iniciar nuestra expedición de descubrimiento El campamento, situado en unas estribaciones que se alzaban sobre una elevada meseta continental, se hallaba a una altura de alrededor de unos doce mil pies; por tanto, lo que necesitábamos subir no era tanto como a primera vista pudiera parecer. No obstante, a medida que ganábamos altura nos dimos cuenta de que el aire se enrarecía, pues, a causa de ‘las condiciones de visibilidad, tuvimos que dejar abiertas las ventanillas de la carlinga. Naturalmente, llevábamos puestas ‘las pieles de mayor abrigo.