Herbert West: Reanimador
Herbert West: Reanimador Poco a poco equipamos nuestra siniestra guarida cientÃfica, con materiales comprados en Boston o sacados a escondidas de la facultad —materiales cuidadosamente camuflados, a fin de hacerlos irreconocibles, salvo para unos ojos expertos—, y nos proveÃmos de palas y picos para los numerosos enterramientos que tendrÃamos que efectuar en el sótano. En la facultad habÃa un incinerador, pero un aparato de ese género era demasiado costoso para un laboratorio clandestino como el nuestro. Los cuerpos eran siempre un engorro… incluso los minúsculos cadáveres de cobaya de los experimentos secretos que West realizaba en su habitación de la pensión donde vivÃa. SeguÃamos las noticias necrológicas locales como vampiros, ya que nuestros ejemplares requerÃan condiciones determinadas. Lo que querÃamos eran cadáveres enterrados poco después de morir y sin preservación artificial alguna; preferiblemente, exentos de malformaciones morbosas y, desde luego, con todos los órganos. Nuestras mayores esperanzas estaban en las vÃctimas de accidentes.