Herbert West: Reanimador
Herbert West: Reanimador En una improvisada mesa de disección instalada en la vieja granja, a la luz de una potente lámpara de acetileno, el ejemplar no ofrecÃa un aspecto demasiado espectral. HabÃa sido un joven robusto y poco imaginativo, al parecer un tipo saludable, y plebeyo —constitución ancha, ojos grises y cabello castaño—; un animal sano, sin complejidades psicológicas, y probablemente con unos procesos vitales de lo más simple y sanos. Ahora bien, con los ojos cerrados, parecÃa más dormido que muerto; sin embargo, la prueba experta de mi amigo disipó en seguida toda duda al respecto. Al fin tenÃamos lo que West siempre habÃa deseado: un muerto verdaderamente ideal, apto para la solución que habÃamos preparado con minuciosos cálculos y teorÃas; a fin de utilizar en el organismo humano. Nuestra tensión era enorme. SabÃamos que las posibilidades de lograr un éxito completo eran remotas, y no podÃamos reprimir un miedo horrible a las grotescas consecuencias de una posible animación parcial. Nos sentÃamos especialmente aprensivos en lo que se refiera a la mente y a los impulsos de la criatura, ya que podÃa haber sufrido un deterioro en las delicadas células cerebrales con posterioridad a la muerte. Por lo que a mà respecta, aún conservaba una curiosa noción tradicional del «alma» humana, y sentÃa cierto temor ante los secretos que podÃa revelar alguien que regresaba desde el reino de los muertos. Me preguntaba qué visiones pudo presenciar este plácido joven, si volvÃa plenamente a la vida. Pero mi expectación no era excesiva, ya que compartÃa casi en su mayor parte el materialismo de mi amigo. Él se mostró más tranquilo que yo al inyectar una buena dosis de su fluido en una vena del brazo del cadáver, y vendar inmediatamente el pinchazo.