La llave de plata
La llave de plata Consultaba continuamente mi reloj a la luz de mi linterna, y estaba pendiente del auricular con febril ansiedad; pero durante más de un cuarto de hora no oà absolutamente nada. Luego percibà un leve chasquido, y llamé a mi amigo con voz tensa. A pesar de mis aprensiones, no estaba preparado para las palabras que me llegaron desde aquella pavorosa bóveda, con un acento de alarma que resultaba mucho más estremecedor por cuanto que procedÃa del imperturbable Harley Warren. Él, que se habÃa separado de mà con tanta tranquilidad momentos antes, llamaba ahora desde abajo con un tembloroso susurro más impresionante que el más desaforado de los gritos:
—¡Dios! ¡Si pudieras ver lo que estoy viendo!
No pude contestar. Me habÃa quedado sin voz, y sólo pude esperar. Warren habló de nuevo:
—¡Carter, es terrible… monstruoso… increÃble!
Esta vez la voz no me falló, y vertà en el micrófono un chorro de excitadas preguntas. Aterrado, repetÃa sin cesar:
—Warren, ¿qué es? ¿Qué es?
De nuevo me llegó la voz de mi amigo, ronca de temor, ahora visiblemente teñida de desesperación:
—¡No puedo decÃrtelo, Carter! ¡Es demasiado monstruoso! No me atrevo a decÃrtelo… ningún hombre podrÃa saberlo y continuar viviendo… ¡Dios mÃo! ¡Nunca habÃa soñado en nada semejante!