Mas alla de los eones y otros escritos
Mas alla de los eones y otros escritos Al otro lado del pantano, giré a la izquierda, tal y como me habÃan indicado, apartándome del camino principal. HabÃa algunas casas por allÃ, según pude ver; casas que apenas eran otra cosa que chozas, reflejando la extrema pobreza de sus dueños. El camino pasaba bajo las festoneadas ramas de enormes sauces que ocultaban casi por completo los rayos del sol. Los olores miasmáticos del pantano infectaban aún mis fosas nasales, y el aire era húmedo y frÃo. Apreté el paso para abandonar aquel tétrico pasaje cuanto antes.
Y de repente salà de nuevo a la luz. El sol, que ahora pendÃa como una bola roja sobre la cima de la montaña, estaba ya muy bajo y allÃ, a alguna distancia adelante, bañada en el resplandor ensangrentado, se alzaba la solitaria iglesia. Comencé a sentir el desasosiego del que hablaba Haines; ese sentimiento de miedo que hacÃa que todo Daalbergen rehuyera el lugar. La masa achaparrada y pétrea de la propia iglesia, con su romo campanario, parecÃa un Ãdolo al que adorasen las estelas de tumbas que la rodeaban, ya que cada una remataba en un borde redondeado que recordaba las espaldas de una persona arrodillada, mientras que, sobre todo el conjunto, la casa parroquial, sórdida y gris, se agazapaba como una aparición.