Mas alla de los eones y otros escritos
Mas alla de los eones y otros escritos Llegué a Daalbergen el 4 de octubre, en respuesta a una llamada. La carta procedía de un antiguo miembro de la congregación de mi tío, y me informaba de que el anciano había fallecido, así como que existían unos pocos bienes de los que yo, como único pariente vivo, era el heredero. Llegué a aquella población pequeña y aislada después de una fatigosa sucesión de cambios de ferrocarriles, para dirigirme al colmado de Mark Haines, que había sido quien me había escrito aquella carta; y este, después de llevarme a una habitación zaguera y mal ventilada, me contó una historia de lo más curiosa, tocante a la muerte del reverendo Vanderhoof.
—Tengo que tener cuidado, Hoffman —me dijo Haines—, cada vez que me encuentro con ese viejo sacristán, Abel Foster. Tiene un pacto con el diablo, tan seguro como que hay Dios. Hará unas dos semanas, Sam Pryor, cuando pasó por el viejo cementerio, le escuchó hablar por lo bajo con los muertos. Seguro que era él, y Sam podría jurar que una voz de algún tipo le respondía: una especie de media voz, profunda y apagada, como si viniera de debajo de la tierra. Había otras voces, según dice, y pudo verlo parado junto a la tumba del viejo reverendo Slott… junto al muro de la iglesia… y agitaba las manos y hablaba con el musgo de la lápida como si pensase que era el viejo reverendo en persona.