Viajes al otro mundo

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«The Dream-Quest of Unknown Kadath» se publicó en el número de 1948 del Arkham Sampler, once años después de la muerte de su autor. Se trata de una novela corta que, a mi juicio, constituye una de las claves de la obra de Lovecraft. Parece que fue comenzada a escribir alrededor de 1920, es decir, en plena época onírica y dunsaniana de su autor, cuando éste aún no se había abierto a los vientos del mundo y vivía en su casa natal medio secuestrado por su madre, siendo los sueños el único alivio para su angustia. Pero se sabe que, aunque con largas interrupciones, Lovecraft siguió trabajando en el manuscrito de esta novela durante casi toda su vida, y que él mismo no lo consideró nunca totalmente dispuesto para ser entregado a la imprenta. Así pues, esta novelita contiene no pocas imperfecciones y hay que ser indulgente con ella, ya que su autor nunca la consideró terminada. Pero, a la vez, por ello mismo, tiene algo de sueño secreto o de diario íntimo no censurado que la hace muy reveladora. Desde luego, su filiación con los «Cuentos de un soñador», de Dunsany, salta a la vista, y debe adscribirse no sólo al ciclo de Carter, sino también al ciclo de Kadath, al que, entre otras narraciones, pertenece asimismo su «Maldición que cayó sobre Sarnath». Pero también son evidentes sus puntos de contacto con Los Mitos de Cthulhu. En «The Dream-Quest» aparecen los Primigenios (con el nombre de Dioses Otros), Azathoth, Nyarlathotep, los shantaks, los gugos y los dholes, dioses y seres que en Los Mitos de Cthulhu aparecerán mucho más racionalizados mediante apariencias formales de ciencia ficción. Aquí, sin embargo —en «The Dream-Quest…»—, estas siniestras entidades son mucho menos siniestras, más como de cuento vagamente oriental. Toda la novela, además, se halla impregnada de un suave humorismo dunsaniano que sorprende en una obra global tan absolutamente desprovista de humor como la de Lovecraft. Pero en ella se percibe claramente su fijación a la infancia. Los mismos benignos dioses de la tierra (o Sublimes) expresan íntimas imágenes de esa niñez de la que Lovecraft nunca se pudo despegar emocionalmente. Por otra parte, en las bestias amistosas que le ayudan en su periplo —los gatos, los gules y las descarnadas alimañas de la noche— se advierte también la típica mezcla contradictoria de horror y atracción que sentía Lovecraft por todo lo regresivo y primordial. En Los Mitos de Cthulhu ya se nota que Lovecraft sentía una secreta adoración por los horrores de su abismo personal y un secreto horror por su idolatrada niñez. Pero que ambos sentimientos se fundan en seres perversos y macabros, como los gules, o siniestros y repulsivos, como las descarnadas alimañas de la noche, que desempeñan un papel abiertamente positivo y amistoso en esta obra —¡junto a los gatos, a los que Lovecraft amaba como una solterona, pero que aquí se presentan insospechadamente almibarados, militaristas y belicosos!—, indica el grado de libertad interior con que nuestro autor la escribió. Lo repulsivo en ella es aceptado sin concesiones a un público en el que acaso no pensaba Lovecraft. En lo que respecta al aspecto psicodélico del asunto, en «The Dream-Quest…» se cumple el viaje iniciático: Carter efectúa la vuelta al caos y obtiene luego una nueva reencarnación, análoga a la que, según Timothy Leary, se produce al término del viaje con LSD.


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