El Escuerzo
El Escuerzo —¡Gracias a Dios que no lo hayas dejado! —exclamó con muestras de la mayor alegrÃa—. En este mismo instante vamos a quemarlo.
—¿Quemarlo? —dije yo—; pero qué va a hacer, si ya está muerto…
—¿No sabes lo que es un escuerzo —replicó en tono misterioso mi interlocutora— y que este animalito resucita si no lo queman? ¡Quién te mandó matarlo! ¡Eso habÃas de sacar al fin con tus pedradas! Ahora voy a contarte lo que le paso al hijo de mi amiga la finada Antonia, que en paz descanse.
Mientras hablaba, habÃa recogido y encendido algunas astillas sobre las cuales puso el cadáver del escuerzo.
¡Un escuerzo!, decÃa yo, aterrado bajo mi piel de muchacho travieso; ¡un escuerzo! Y sacudÃa los dedos como si el frÃo del sapo se me hubiera pegado a ellos. ¡Un sapo resucitado! Era para enfriarle la médula a un hombre de barba entera.
—¿Pero usted piensa contarnos una nueva batracomiomaquÃa? —interrumpió aquà Julia con el amable desenfado de su coqueterÃa de treinta años.
—De ningún modo, señorita. Es una historia que ha pasado.
Julia sonrió.
—No puede usted figurarse cuánto deseo conocerla…
