El Escuerzo
El Escuerzo —Será usted complacida, tanto más cuanto que tengo la pretensión de vengarme con ella de su sonrisa.
AsÃ, pues, proseguÃ, mientras se asaba mi fatÃdica pieza de caza, la vieja criada hilvanó su narración, que es como sigue:
Antonia, su amiga, viuda de un soldado, vivÃa con el hijo único que habÃa tenido de él, en una casita muy pobre, distante de toda población. El muchacho trabajaba para ambos, cortando madera en el vecino bosque, y asà pasaban año tras año, haciendo a pie la jornada de la vida. Un dÃa volvió, como de costumbre, por la tarde, para tomar su mate, alegre, sano, vigoroso, con su hacha al hombro. Y mientras lo hacÃan, refirió a su madre que en la raÃz de cierto árbol muy viejo habÃa encontrado un escuerzo, al cual no le valieron hinchazones para quedar hecho una tortilla bajo el ojo de su hacha.
La pobre vieja se llenó de aflicción al escucharlo, pidiéndole que por favor la acompañara al sitio, para quemar el cadáver del animal.
—Has de saber —le dijo— que el escuerzo no perdona jamás al que lo ofende. Si no lo queman, resucita, sigue el rastro de su matador y no descansa hasta que puede hacer con él otro tanto.
