El antifaz de los Bristol
El antifaz de los Bristol Pero ella sabía que era diferente. No eran miradas curiosas, eran miradas de sospecha. Como si alguien estuviera esperando el momento exacto para hacer la pregunta que haría caer su castillo de naipes.
Y entonces llegó Frank Weston.
Era un ranchero viejo, de manos gruesas y voz rasposa, que había vivido toda su vida en Abilene. Entró a la granja sin pedir permiso, apoyándose en su bastón, y se quedó de pie en el porche, esperando a Richard.
—Quiero hablar —dijo sin rodeos cuando este salió a su encuentro.
—¿Sobre qué?
Weston escupió al suelo antes de responder.
—Sobre quién diablos eres en realidad.
Hubo un silencio tenso. Carol, oculta tras la ventana, apretó los puños.
Richard sonrió.
—Soy un granjero.
Weston negó con la cabeza.
—Eres muchas cosas, pero no un granjero.
Un viento helado se coló entre ellos.
—Hace años —continuó Weston— vi a un hombre como tú en otro lugar. Alemania, para ser exactos. Y tenía tu misma mirada. Una que dice que todo lo que tocas es una mentira.
Richard se quedó inmóvil. No parpadeó, no reaccionó.