Juan de Mairena I
Juan de Mairena I —¿...?
—Que puede usted retirarse.
Era Mairena —no obstante su apariencia seráfica— hombre, en el fondo, de malÃsimas pulgas. A veces recibió la visita airada de algún padre de familia que se quejaba, no del suspenso adjudicado a su hijo, sino de la poca seriedad del examen. La escena violenta, aunque también rápida, era inevitable.
—¿Le basta a usted ver a un niño para suspenderlo? —decÃa el visitante, abriendo los brazos con ademán irónico de asombro admirativo.
Mairena contestaba, rojo de cólera y golpeando el suelo con el bastón:
—¡Me basta ver a su padre!
* * *(Contra los contrarios.)
Nada puede ser —decÃa mi maestro— lo contrario de lo que es.
Nada que sea puede tener su contrario en ninguna parte.