Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Tampoco hemos de olvidar la lección del campo para nuestro amor propio. Es en la soledad campesina donde el hombre deja de vivir entre espejos[182]. Cierto que a un solipsismo bien entendido la apariencia de nuestro prójimo no debe inquietar, pues ella va englobada en nuestra mónada. Pero, prácticamente, nos inquieta, es una representación inquietante. ¡Tantos ojos como nos miran, y que no serían ojos si no nos viesen!. Mas todos ellos han quedado lejos. ¡Y esos magníficos pinares, y esos montes de piedra, que nada saben de nosotros, por mucho que nosotros sepamos de ellos! Esto tiene su encanto, aunque sea también grave motivo de angustia.
(*NOTA: Véase el primero de los «Proverbios y cantares» de Nuevas canciones PC, CLXI, i): «El ojo que ves no es / ojo porque tú lo veas; / es ojo porque te ve.» En la misma serie el núm. id: «Los ojos por que suspiras, / sábelo bien, / los ojos en que te miras / son ojos porque te ven.».
«En la primera página de su libro de poesías Los complementaria; dice Abel Martín: Mis ojos en el espejo / son ojos ciegos que miran / los ojos con que los veo.
»En una nota, hace constar Abel Martín que fueron estos tres versos los primeros que compuso, y que los publica, no obstante su aparente trivialidad o su marcada perogrullez, porque de ellos sacó, más tarde, por reflexión y análisis, toda su metafísica.» (En De un cancionero apócrifo, «Abel Martín», PC, CLXVII.)