Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Estas dos creencias a que aludÃamos —sigue hablando Mairena— son tan radicalmente antagónicas que no admiten, a mi juicio, conciliación ni compromiso pragmático; de su choque saldrán siempre negaciones y blasfemias, como chispas entre pedernal y eslabón. La concepción del alma humana como entelequia o como mónada cerrada y autosuficiente, ese fruto maduro y tardÃo de la sofÃstica griega, y la fe solipsista que la acompaña, se encontrarán un dÃa en pugna con la terrible revelación del Cristo: «El alma del hombre no es una entelequia, porque su fin, su telos [255], no está en sà misma. Su origen, tampoco. Como mónada filial y fraterna se nos muestra en intuición compleja el yo cristiano, incapaz de bastarse a sà mismo, de encerrarse en sà mismo, rico de alteridad absoluta; como revelación muy honda de la incurable «otredad de lo uno», o, según expresión de mi maestro, «de la esencial heterogeneidad del ser». Pero dejemos esto para tratado más largamente en otra ocasión.