Juan de Mairena I
Juan de Mairena I —Que la objeción parece irrefutable. Sin embargo, el cálculo de Aquiles es de una realización también problemática. Porque el paso de la tortuga es un asunto privativo de la tortuga, y no hay razón alguna para que sea de una longitud conocida por Aquiles, antes de realizarse. Si, por cansancio o por capricho, la tortuga amengua el paso, Aquiles la adelanta; si lo acelera, no la alcanza. De modo que Aquiles podrá alcanzar a la tortuga por un azar, nada probable; por cálculo, nunca*.
—No está mal. Las objeciones a ese razonamiento nos llevarÃan muy lejos —observó Mairena, no sabemos si porque tenÃa algo que objetar demasiado sutil o por conservar su prestigio de profesor—. Vamos ahora a nuestro sofisma del reloj. Una hora bien contada no se acabarÃa nunca de contar. Si el tiempo es algo relativo a la conciencia o, como dijo Aristóteles, no habrÃa tiempo sin una conciencia capaz de contar movimientos* —supongamos aquà los vaivenes de un péndulo—, y éstos pueden ser de una frecuencia, teóricamente al menos, infinita, es evidente que no acabarÃamos nunca de contarlos, y la hora, o el minuto, o la millonésima de segundo que los contiene serÃa algo muy parecido a la eternidad.
—Pero la hora —observó MartÃnez— será siempre una hora: el tiempo que tarda el minutero en recorrer la totalidad de la esfera de nuestros relojes[281], que es el mismo que invierte el segundero en recorrer la suya sesenta veces, y el mismo que invertirÃa...