Juan de Mairena I
Juan de Mairena I Ya en otra ocasión definiríamos la poesía como diálogo del hombre con el tiempo, y llamábamos «poeta puro» a quien lograba vaciar el suyo para entendérselas a solas con él, o casi a solas; algo así como quien conversa con el zumbar de sus propios oídos, que es la más elemental materialización sonora del fluir temporal[69]. Decíamos, en suma, cuánto es la poesía palabra en el tiempo, y cómo el deber de un maestro de Poética consiste en enseñar a sus alumnos a reforzar la temporalidad de su verso. A todo esto respondían nuestras prácticas de clase —nada más práctico que una clase de poética—, ejercicios elementalísimos, uno de los cuales recuerdo: el de El huevo pasado por agua, poema en octavillas, que no llegó a satisfacernos, pero que no estaba del todo mal. Encontramos, en efecto, algunas imágenes adecuadas para transcribir líricamente los elementos materiales de aquella operación culinaria: el infiernillo[70] de alcohol con su llama azulada, la vasija de metal, el agua hirviente, el relojito de arena, y aún logramos otras imágenes felices para expresar nuestra atención y nuestra impaciencia. Nos faltó, sin embargo, la intuición central de nuestro poema, de la cual debiéramos haber partido; falló nuestra simpatía por el huevo, que habíamos olvidado, porque no lo veíamos, y no supimos vivir por dentro, hacer nuestro el proceso de su cocción* (*NOTA: Cfr. El capítulo III (“De la significación de la vida. El orden de la naturaleza y la forma de la inteligencia) de H. Bergson: “Si hago hervir agua en una cacerola colocada sobre un infiernillo, la operación y los objetos que la sostienen son, en realidad, solidarios de una multitud de operaciones; gradualmente, encontraríamos que todo nuestro sistema solar está interesado en lo que se realiza en este punto del espacio. Pero, en cierta medida y por el fin especial que persigo, puedo admitir que las cosas pasan como si el grupo agua-cacerola-infiernillo encendido fuese un microcosmos independiente.” (OE, pág. 623).