Viaje alrededor de mi habitacion
Viaje alrededor de mi habitacion En este punto, la razón, que en mi reino no tiene más que un derecho dudoso de reconvención, fue, no obstante, más feliz que de ordinario en las representaciones que me propuso con motivo del edicto inconsiderado que yo querÃa promulgar en mis Estados: «Señor —me dijo—: ¿no se dignará Vuestra Majestad hacer una excepción en favor de las noches lluviosas, puesto que, en este caso, estando el cielo cubierto...» «Muy bien, muy bien —respond×; no se me habÃa ocurrido; tome usted nota de una excepción en favor de las noches lluviosas.» «Señor añadió: pienso que serÃa a propósito exceptuar también las noches serenas, cuando el frÃo es excesivo y sopla el cierzo, puesto que la ejecución rigurosa del edicto abrumarÃa a los felices súbditos de Vuestra Majestad con una colección de constipados y catarros.» Empezaba a ver muchas dificultades en la ejecución de mi proyecto; pero se me hacÃa duro tener que desandar lo andado. «Será preciso —dije— escribir al Consejo de Medicina y a la Academia de Ciencias para fijar el grado del termómetro centÃgrado en el cual mis súbditos puedan quedar dispensados de asomarse al balcón; pero quiero, exijo absolutamente, que la orden sea ejecutada con todo rigor.» «¿Y los enfermos, señor?» «Eso está claro: que sean exceptuados; la humanidad debe estar sobre todo.» «Si no temiera cansar a Vuestra Majestad, le harÃa aún observar que se podrÃa (en el caso en que lo juzgase a propósito y en que la cosa no presentase grandes inconvenientes) añadir también una excepción en favor de los ciegos, puesto que, privados del órgano de la vista...» «Bueno; ¿está ya todo?», interrumpà de mal humor. «Perdón, señor, ¿y los enamorados? ¿El corazón tan sensible de Vuestra Majestad podrÃa obligarles por fuerza a que contemplasen también las estrellas?» « ¡Bueno, bueno! —dijo el rey—; dejemos eso: ya pensaremos en ello más despacio. Me hará usted una Memoria sobre el asunto.»