En una pension alemana
En una pension alemana —No, creo que no —repuso Andreas escuetamente—. Hablando con franqueza, me disgusta que no tenga a su lado una enfermera.
—¡Bah! —exclamó el doctor con satisfacción extraordinaria—, su madre vale por una docena de enfermeras. Si he de decirle la verdad, no soy partidario de las enfermeras. Poco hechas, tan crudas como un filete de falda. Bregan con la criatura como si estuvieran arrancando a la muerte el cuerpo de Patroclo. ¿No conoce el cuadro de cierto pintor inglés, un tal Leighton? Algo magnÃfico, pura fibra.
«Otra vez —se dijo Andreas—. Sacando a relucir sus conocimientos para deslumbrarme.»
—Pero su madre... en ella sà que se puede tener confianza. Ella sà que es capaz. Haciendo cuanto se le ordena con un caudal de simpatÃa. FÃjese en esas tiendas que dejamos atrás... parecen úlceras enconadas. ¿Cómo diablos lo permiten las autoridades?
—No están tan mal. Lo que necesitan es una buena mano de pintura.
El médico silbó una tonadilla fustigando otra vez a la yegua.
—Bueno, espero que ese mozalbete no ocasione a la madre demasiadas molestias. Hemos llegado.