En una pension alemana
En una pension alemana ¿Hijo y heredero? Diantre, daba gusto tratar con un hombre asÃ. Un hombre sensato que cada dÃa de la semana tenÃa que enfrentarse con casos como aquél.
—Eso viene a ser en cierto modo, doctor —replicó sonriendo al tiempo de tomar su sombrero—. Mi madre me ha sacado esta mañana de la cama con órdenes imperiosas de llevármelo.
—Mi cochecito estará listo dentro de un momento. Véngase conmigo. ¿Quiere? ¡Qué dÃa más bochornoso! Usted está ya tan encarnado como una remolacha.
Andrea rió a disgusto. El médico tenÃa una costumbre muy desagradable: la de creer que por ser doctor tenÃa derecho a divertirse a costa de cualquiera.
«Como todos los de su profesión —concluyó Andreas—, el buen hombre está inflado de vanidad.»
—¿Cómo se le dio la noche a Frau Binzer? —inquirió el médico—. ¡Ah!, aquà tenemos el cochecillo. Ya me irá indicando el camino. Haga el favor de sentarse lo más al centro posible, Binzer. Su peso lo inclina un poquito de su lado. Éstos son los inconvenientes de ser un afortunado hombre de negocios.
«Me lleva más de diez kilos, y no me equivocaré ni en un gramo», se dijo Andreas. «Podrá ser un buen médico, pero... ¡Dios nos libre!»
—¡Ya estás arrancando, preciosa! —dijo el doctor golpeando cariñosamente a la yegua parda con el látigo—. ¿Consiguió dormir anoche un poco su señora?