En una pension alemana
En una pension alemana «Vaya un cuchitril más insano», pensó Binzer, andando hacia la ventana y tamborileando con los dedos en la tapa de la vitrina de los helechos.
«Claro, se está desayunando. Ha sido el error que yo he cometido; venir aquí tan de mañana con el estómago vacío.»
Por la calle traqueteaba el carrito de un lechero. El conductor, de pie en la trasera, hacía restallar el látigo. Llevaba en la solapa de su chaqueta un geranio enorme. Firme como una roca, se mantenía erecto, en el carrito traqueteante, inclinándose sólo un poco hacia atrás. Andreas estiró el cuello para verle ir calle adelante, y, hasta cuando hubo desaparecido, siguió prestando oído al estrépito penetrante de las latas.
«No me equivocaría mucho respecto a él —reflexionó—. Y no me importaría nada probar un poco esa vida. Madrugar, terminar todo el trabajo para las once, y no hacer nada sino haraganear el resto del día hasta la hora del ordeño.» Sabía que esto era exagerado, pero sentía necesidad de apiadarse de sí mismo.
La doncella abrió la puerta, y se hizo a un lado para dejar paso al doctor Erb. Andreas giró sobre sus tacones y ambos se dieron la mano.
—Bien, Binzer —dijo el doctor jovialmente, mientras sacudía algunas migas de su chaleco color perla—. ¿Conque hijo y heredero viniendo de sopetón?