En una pension alemana

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De pronto se dio cuenta de que el viento había disminuido, de que toda la casa estaba quieta y en silencio. Helado y pálido, con la sensación desagradable de que por la columna vertebral le trepaban arañas hasta el rostro, quedó en medio del salón escuchando los pasos del doctor Erb que bajaba la escalera.

Y lo vio entrar en la habitación. En aquella habitación que se había transformado en un gran globo de cristal que giraba sobre sí mismo. Y el doctor Erb parecía venir nadando hacia él por aquella pecera, como un pez con chaleco color perla.

«Mi bien amada esposa ha fallecido», quería gritar antes de que el doctor se lo dijera.

—Bueno; esta vez hemos atrapado un chico —dijo el doctor Erb, y Andreas dio unos pasos hacia él vacilando.

—¡Cuidado! Arriba esos ánimos, hombre —dijo el doctor sujetando a Binzer por un brazo. Y al tocarlo, añadió por lo bajo—: Blanduchos como la manteca.

Un cálido resplandor se esparcía en torno de Andreas. Estaba exultante.

—¡Dios mío! —exclamó—. Nadie podrá decir que no sé lo que es el sufrimiento.


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