En una pension alemana
En una pension alemana Apenas había comenzado a caminar por un blanco caminito con negros árboles a cada lado, un caminito que no llevaba a ninguna parte y por el que no andaba absolutamente nadie, cuando una mano la cogió por un hombro, la sacudió y le dio un revés.
—¡Ay, ay!, no me detenga —gritó la niña que se sentía cansada—, déjeme que siga.
—¡Arriba, mocosa, arriba, buena para nada! —dijo la voz—. ¡Ve a encender el fuego o no voy a dejarte hueso sano en el cuerpo!
Con inmenso esfuerzo abrió los ojos y vio a la Frau en pie ante ella, llevando bajo el brazo el niño en pañales. Las otras tres criaturas, que compartían la misma cama con la niña que se sentía cansada, habituadas a los gritos, dormían apaciblemente. En un ángulo de la habitación el hombre se estaba ajustando los tirantes.
—¿Qué te propones durmiendo toda la noche, como un saco de patatas? Has dejado que el nene se orine por dos veces en la cama.
Ella no respondió, pero con dedos frígidos, temblorosos, se ató las cintas de las enaguas.
