En una pension alemana

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—Vamos, basta ya. Llévate al nene a la cocina. Calienta el café frío en la lamparilla de alcohol para el amo y sácale la hogaza de pan negro que está en el cajón de la mesa. No vayas a zampártelo, que lo sabré.

La Frau cruzó con pasos vacilantes la habitación y se tiró en la cama, acomodándose a la espalda el almohadón color rosa.

La cocina estaba casi a obscuras. Dejó al crío sobre la banqueta de madera cubierto con un chal, echó el café de la jarra de barro en la cacerola y encendió la lamparilla de alcohol para calentarlo.

«Estoy somnolienta —reconocía dando bostezos la niña que se sentía cansada, mientras arrodillada en el suelo partía en menudas astillas los húmedos leños de pino—; por eso no acabo de espabilarme.»

El fogón tardó mucho en encenderse. Quizás estaba como ella, helado también y también somnoliento... Quizá también había estado soñando con un caminito blanco con negros árboles a los lados, un caminito que no llevaba a ninguna parte.

Entonces la puerta se abrió violentamente de par en par, y el hombre entró.

—¿Qué estás haciendo ahí, sentada en el suelo? —gritó—. Dame el café. Tengo que irme. ¡Uf! Ni siquiera has pasado un trapo por la mesa.


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