En una pension alemana
En una pension alemana Se puso en pie, sirvió el café en una taza de hierro esmaltado y le dio el pan y el cuchillo. Luego, cogió un trapo húmedo del fregadero, y con él emporcó el negro hule de la mesa.
—Un día de perros, una vida de perros —farfulló el hombre, sentándose a la mesa y mirando a través de la ventana el cielo apelotonado que parecía combarse pesadamente sobre los campos estériles. Se atiborró de pan la boca y luego lo pasó con el café.
La niña arrastró un cubo de agua, se remangó, mirándose los brazos con ceño fruncido, como para reñirlos por estar tan flacos, lo mismo que ramitas encanijadas, y comenzó a fregar el suelo.
—No chapotees en el agua mientras esté yo aquí —rezongó el hombre—. Y a ver si ese crío para de llorar. Se ha pasado así toda la noche.
La niña cogió el nene en brazos y se sentó a mecerlo.
—Chist, chist —decía—. Le está apuntando el colmillo, por eso llora así. Y babea. No he visto un nene que babee tanto como éste —le limpió la boca y la nariz con el borde de la falda y añadió—: Algunos nenes echan los dientes sin que una se dé cuenta siquiera, pero otros se ponen así todo el tiempo. Una vez me dijeron que un nene se murió y que le encontraron en el estómago los dientes.