En una pension alemana

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El hombre se había levantado y, descolgando de la percha tras de la puerta su capote, se lo echó encima.

—Hay otro que está en camino —dijo.

—¿Sí? ¿Otro diente? —exclamó la niña, saliendo por primera vez en aquella mañana de su pesada modorra para introducir un dedo en la boca de la criatura.

—No —dijo sombríamente el hombre—. Otro nene. ¡Hala!, sigue con tu trabajo. Ya es hora de que se levanten los otros para ir a la escuela.

Ella se quedó un momento en silencio, oyendo, primero, las fuertes pisadas del hombre en las losas del pasillo, luego en la grava del camino. Por último el portazo de la puerta del jardín.

«¡Otro nene! ¿No han acabado todavía de tener nenes? —pensó la niña—. Dos nenes echando los colmillos; dos nenes que exigirán levantarse por la noche; dos nenes que habrá que llevar en brazos, cuyos pañales cochinitos tendré que lavar.» Miró con horror al que tenía en brazos, el cual, como si percibiera el odio despectivo de su mirada cansada, cerró los puños, se contrajo y empezó a chillar violentamente.

—Chist, chist.


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