En una pension alemana
En una pension alemana Él se había acercado a ella cuando estaba extendiendo la factura, y al contar el dinero le preguntó:
—¿No ha posado nunca para un pintor?
—No —replicó secamente, dándose cuenta del repentino cambio de tono de su voz. Ahora levemente matizada de insolencia y familiaridad.
—Ah, pues debiera hacerlo —dijo Harry—. Tiene usted una figura tan terriblemente bonita.
Rosabel no le hizo caso. ¡Qué fino había estado con ella! No había pensado en otra cosa durante todo el día. Su rostro le encantaba. Podía ver con toda claridad aquellas cejas rectas y delgadas, y el pelo echado hacia atrás, con sólo una levísima insinuación de ondas, y la risa de su boca desdeñosa. También sus manos afiladas cuando contaban el dinero para ponerlo en las suyas. Rosabel, de pronto, se echó hacia atrás los cabellos que le caían en el rostro. Tenía la frente calenturienta. Si aquellas manos afiladas pudiesen posarse un momento... ¡Qué suerte la de aquella joven!