En una pension alemana
En una pension alemana ¿Y si ella estuviera en su lugar? Entonces habría vuelto en el coche con él. Por supuesto, estarían enamorados, pero no comprometidos. Irían muy juntos, y ella hubiese dicho: «No tardaré ni un segundo.» Y él hubiera esperado en la berlina mientras la doncella subía tras de Rosabel la sombrerera. Aquella alcoba blanca y rosada tan grande, con rosas en jarrones de plata oxidada por todas partes. Se sentaría ante el espejo y la doncellita francesa le sujetaría el sombrero. Luego hubiera traído un velo tenue, precioso, y un nuevo par de guantes de piel de Suecia. (Se les había caído un botón a los que llevaba aquella mañana.) Después de perfumar la piel, los guantes y el pañuelo, y de coger un enorme manguito, bajaría presurosa. El mayordomo le hubiera abierto la puerta. Harry estaría esperando y partirían juntos en el coche. Eso era vivir, se dijo Rosabel. Camino del Carlton se detendrían en casa de Gerard, y Harry le compraría tal cantidad de violetas de Parma, que tendría las manos llenas de ellas.
—Ay, qué fragancia —hubiera exclamado acercándoselas al rostro.
—Así es como debieras estar siempre —diría Harry—, con las manos llenas de violetas.
(Rosabel notó que se le agarrotaban las rodillas y se sentó en el suelo apoyando la cabeza contra la pared.)