En una pension alemana

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En el boudoir el fuego estaría ya encendido y las cortinas echadas. Un montón de cartas; invitaciones para la Ópera, comidas, bailes, fines de semana al borde del Támesis, una jira en auto... Ella, al subir para vestirse, les lanzaría una mirada indiferente. En la alcoba habría fuego también, y su bello y deslumbrante vestido estaría extendido sobre la cama. Tul blanco sobre plata y zapatos argentados. La echarpe y el abanico plateados también. Aquella noche Rosabel sería la mujer más admirada: los hombres le rendirían pleitesía, y un príncipe extranjero manifestaría su deseo de ser presentado a esa maravilla de Inglaterra. Sí, una noche voluptuosa. La orquesta tocando y sus hombros, candidos y adorables...

Pero se sentiría cansada. Harry la llevaría a casa y entraría; sólo un momento. En el salón el fuego se habría extinguido ya, pero la doncella adormilada esperaría en el boudoir. Se quitaría el manto, despediría a la sirvienta, y se volvería hacia la lumbre. En pie, quitándose los guantes, el resplandor del hogar haría brillar sus cabellos cuando Harry, cruzando la habitación, viniera a cogerla entre sus brazos. «¡Rosabel, Rosabel, Rosabel!» ¡Ay la dulzura de aquellos brazos sintiéndose tan fatigada!

(La auténtica Rosabel, la muchacha sentada en el suelo, rió ruidosamente en la obscuridad, y luego se llevó la mano a la boca.)


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