En una pension alemana
En una pension alemana TenÃa mucha hambre y comió carne, verdura y frutas. La mujer le dio además leche en una taza verde. Y todo estaba en silencio menos el mar allá fuera y la risa de las mujeres que la miraban.
—¿No tenéis vosotros casas con cuartitos chiquitos como cajones? ¿Casas de esas que están todas en fila? ¿No van los hombres a la oficina? ¿No hay aquà ninguna de esas cosas feas y antipáticas?
Le quitaron los zapatos y los calcetines, el delantal y el vestido, y se puso a andar en enaguas, primero en la habitación y luego fuera, sobre la hierba que se le metÃa entre los deditos. Salieron las dos mujeres con cestas de diferentes clases, la cogieron de la mano y, atravesando un pequeño prado y una cerca, se dirigieron hacia el mar, andando sobre la arena caliente y cubierta de hierbajos negruzcos. Cuando la arena se volvió húmeda, Pearl retrocedió, pero la mujer le dijo con voz cariñosa:
—No hace daño; es muy bonito. Ven.
Cavaron en la arena, buscando conchas que iban echando a las cestas. La arena estaba mojada como esos pastelitos de barro que hacÃan los niños jugando. Y Pearl, olvidando sus temores, se puso a buscar también en la arena hasta que se sintió muy acalorada y muy mojadita. Entonces una hilera de espumas rompió de repente a sus pies.