En una pension alemana

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—No, no viene. Es muy bonito: míralo otra vez.

Pearl volvió a mirar.

—¿Estás segura de que no puede venir hasta nosotros?

—Claro que no. Él está en su sitio —dijo la gorda.

Olas de blanco copete venían saltando sobre el azul. Pearl las estuvo viendo romper contra un trozo de tierra cubierta de arenilla con conchas, como los senderos de los jardines.

Tomaron una curva y aparecieron unas casitas blancas que estaban agrupadas al lado del mar, y tenían huertecillos con vallados de madera, sobre los cuales había secándose ropas rojas, azules y color de rosa. Esto la tranquilizó. Al acercarse ellos salió de las casitas mucha gente y cinco perros canelos con los rabos muy largos y muy delgados. Y todas aquellas gentes estaban gordas y se reían. Había también nenes desnudos, que eran llevados en brazos o que correteaban en los huertecitos, como perrillos. Bajaron a Pearl del carro y la condujeron a una casita que tenía sólo un cuarto y una galería. Una muchacha con dos trenzas negras, que le llegaban hasta los pies, estaba sirviendo en el suelo la comida.

—Qué sitio más divertido —dijo Pearl mirando a aquella chica tan bonita, mientras la mujer le desabotonaba las braguitas.


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