En una pension alemana

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Pearl, echando un vistazo sobre el hombro de la mujer, vio otros carros que venían tras ellos como una procesión, a los que saludó con la mano. Entonces empezaron a verse campos. Primero, praderas de hierba baja con ovejitas pastando, pequeños arbustos de florecillas blancas y multitud de rosales silvestres. Luego grandes árboles a uno y otro lado; nada más que grandes árboles. Pearl quería ver lo que había tras ellos, pero todo estaba obscuro, y en la obscuridad los pájaros cantaban. Se acurrucó en el regazo de la mujer. Era tibio como el de un gato, y subía y bajaba con la respiración igual que el de un gato cuando ronronea. Estaba jugueteando con un adorno verdoso que llevaba la mujer en el cuello, cuando ella le cogió la manecita y le fue besando dedo por dedo. Luego se la volvió para besarle los hoyuelos de la palma. Nunca había sido Pearl tan feliz. Al llegar a la cima de un gran monte hicieron alto, y el carretero, volviéndose hacia ella, le dijo señalándole con el látigo:

—¡Mira, mira ahí!

Abajo, al pie del cerro, había una cosa que no se parecía a nada: un gran trozo de agua azulosa, que venía gateando tierra adelante. Ella chilló y se apretujó contra la gruesa mujer.

—¿Qué es eso? ¿Qué es?

—El mar —le dijo ella.

—¿No nos hará daño? Viene hacia aquí.


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