En una pension alemana
En una pension alemana —Perdón, ¿puedo comerlo?
Al oírla todos se echaron a reír y palmotearon, y el hombre de la cara chistosa volvió a hacerle otra mueca, sacó una pera del bolsillo y la hizo andar bamboleándose, de lo que Pearl se rió. Las mujeres se sentaron en el suelo, y ella se sentó también; pero, como estaba muy sucio, se recogió con cuidado el delantal y el vestido para sentarse en las enagüitas, como le habían enseñado que debía hacer donde hubiera polvo.
Al comer el melocotón el jugo le chorreó el vestido por delante.
—¡Ay! —dijo a una de las mujeres muy alarmada—, me estoy manchando.
—No te importe —repuso la mujer acariciándole la mejilla.
Penetró en la habitación un hombre con un gran látigo en la mano. Gritó algo y todos se levantaron, riendo y envolviéndose en las mantas y cobertores como de plumas. Otra vez la llevaron en brazos, ahora a un carromato, y la pusieron junto al carretero, sentada en el regazo de una de las mujeres. El carro era verde y los caballos, uno rojizo y el otro negro. Salieron muy de prisa de la ciudad. El carretero iba en pie, blandiendo el látigo por encima de sus cabezas.