En una pension alemana

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Y ella dijo otra vez que no con la cabeza. Pero los ojos se le arrasaron de lágrimas y los labios empezaron a temblarle. Entonces una de las mujeres le pasó a la otra el cesto de helechos y la tomó en brazos. Y mientras sus piernecillas colgantes se balanceaban, Pearl reclinó la cabeza en el hombro de la mujer, cuyo cuerpo era más blando que una cama y olía tan bien que daban ganas de hundir la cara en su seno y respirar, respirar...

Cuando la dejaron en el suelo se encontró en una habitación hecha con troncos de árbol y llena de gentes del mismo color de las mujeres, que se acercaron a ella para mirarla, riéndose, sacudiendo la cabeza y alzando los ojos al cielo. La mujer que había traído a Pearl en brazos le quitó la cinta que llevaba en la cabeza y dejó sueltos sus rizados cabellos.

Entonces las otras mujeres se pusieron a dar gritos y la rodearon. Una le pasó el dedo por los dorados rizos, y otra, una jovencita, se los levantó por detrás para darle un beso en su blanco cuellito. Ella se sentía un poco avergonzada, pero al mismo tiempo feliz. También había hombres que fumaban sentados en el suelo con mantas y cobertores como de plumas sobre los hombros, y uno de ellos le hizo una mueca chistosa, sacó del bolsillo un melocotón muy grande, lo puso en el suelo y le dio con el dedo como si fuera una canica. El melocotón rodó derechamente hacia ella y Pearl lo cogió.


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