En una pension alemana
En una pension alemana —Tiene para tres cuartos de hora —dijo el mozo—. Casi para una hora. Déjelo en la consigna, señora.
Todo el espacio ante el mostrador estaba ocupado por una familia alemana, cuyos equipajes, bonitamente enfundados y abotonados, tenÃan la apariencia de perneras de calzón a la antigua. A mi lado esperaba un clérigo joven y diminuto; su plastrón negro aleteaba sobre la camisa. Hubo que esperar durante un buen rato, porque el factor de la consigna no podÃa quitarse de encima a la familia alemana, que, a juzgar por lo entusiasta de sus ademanes, debÃa de estar explicándole las ventajas de abotonar tanto los equipajes. Por último la esposa tomó el bulto de su pertenencia y se puso a deshacerlo. El factor, encogiéndose de hombros, se volvió hacia mÃ.
—¿A dónde?
—A Ostende.
—Entonces, ¿para qué lo deja aqu�
—Porque tengo que esperar aún mucho tiempo —dije.
—El tren sale a las dos y veinte. No necesita traerlo aquÃ. ¡Eh, tú, ponlo ahà fuera!
Mi mozo lo sacó y el joven clérigo, que habÃa seguido la escena, me sonrió radiante.
—Su tren va a salir. Saldrá en seguida. Sólo le quedan unos minutos. No lo olvide.
