En una pension alemana

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Mi perspicacia vislumbró en su mirada una señal de alarma, y fui corriendo al puesto de libros y periódicos. Al volver, mi mozo había desaparecido. En medio de un calor sofocante corrí por el andén de punta a punta. Todos los viajeros, menos yo, tenían su mozo y alardeaban de tenerlo. Y todos me miraban. Furiosa y desolada, leía en su mirada esa deleitosa fruición con que mira el que tiene calor a otro más sofocado todavía.

—Correr con un tiempo así es exponerse a una congestión —dijo una señora rechoncha, mientras se comía las uvas de un obsequio de despedida.

Entonces supe que el tren aún no estaba preparado. Había estado corriendo a lo largo del expreso de Falkeston. Un andén más arriba encontré a mi mozo sentado sobre mi maleta.

—Sabía que iba a hacer eso —dijo muy tranquilo—. Estaba a punto de ir a detenerla. La vi desde aquí.

Fui a parar a un compartimiento donde había cuatro jóvenes, dos de los cuales se estaban despidiendo de otro, un jovencito muy pálido que llevaba un bastón.

—Bueno, adiós, chico. Has sido muy amable al venir a despedirnos. Ya sé que eres así. Te conozco. Eres el viejo pillastre de siempre. Oye, mira; cuando volvamos, lo celebraremos una noche, ¡eh! Has estado pero que muy bien, chico.


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