En una pension alemana

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Así se expresaba aquel joven efusivo, que, apenas salió el tren y hubo encendido un cigarrillo, dijo a su compañero:

—Es un gran muchacho. Pero ¡Dios, qué pelma!

Su compañero, vestido de gris topo de los pies a la cabeza —de los calcetines al cabello—, sonrió con dulzura; debía de tener el cerebro también del mismo color. Y dio muestras de saber escuchar con amabilidad y simpatía. Enfrente de mí se sentaba un bello francesito de pelo rizado, con una cadena de reloj de la que pendían un pez y un zapatito de plata, un anillo y una medalla. No dejó de mirar por la ventanilla en todo el viaje, contrayendo levemente la nariz. Del cuarto compañero de viaje sólo se veía un par de zapatos amarillo obscuro y un ejemplar de The Snark's Summer Annual.

—Oye, chico —dijo el efusivo—. Quisiera que modificásemos nuestro itinerario. Quiero decir que esos planes que has hecho hay que dejarlos en suspenso. No te importará, ¿eh?

—No —dijo el topo débilmente—. Pero ¿por qué?

—Pues mira. Anoche lo estuve pensando en la cama, y que me cuelguen si comprendo por qué hemos de apoquinar quince chelines si no es preciso. ¿Comprendes lo que quiero decir?

El topo se quitó los lentes de pinza y los empañó con el aliento.


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