En una pension alemana
En una pension alemana Me sentí un tanto humillada. Y no por la perspectiva de perder de vista aquella fantasía diamantina sobre el busto de terciopelo azul, sino por el tono con que lo dijo. Era como expulsarme de su sociedad, marcándome con el hierro de mi extranjerismo. Pasamos el día haciendo especulaciones de gran altura. Decididamente la tarde era demasiado calurosa para pasear, de modo que nos quedamos en cama, acumulando fuerzas para el café de media tarde. Y he aquí que un carruaje se detiene ante la puerta, y que una joven alta desciende de él, llevando de la mano a una niña. Penetran en el vestíbulo, donde se les dio la bienvenida antes de conducirlas a sus habitaciones, y diez minutos después, bajaba la joven alta con la criatura para firmar en el registro de los viajeros. Llevaba un vestido negro muy ceñido, con un toque de volantes blancos en el cuello y las bocamangas, y los cabellos castaños recogidos en trenza y sujetos con un lazo negro. Estaba extraordinariamente pálida y tenía un lunar en la mejilla izquierda.
—Soy hermana de la baronesa Von Gall —dijo sonriendo despectivamente, mientras ensayaba la pluma en un trozo de papel secante.
La vida reserva momentos sensacionales, aun para los más maltratados por ella. ¡Dos baronesas en un par de meses! El gerente había salido corriendo en busca de una plumilla nueva.