En una pension alemana

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Aquella infortunada niñita carecía, para mis ojos plebeyos, de todo atractivo. Tenía la apariencia de haber sido lavada incesantemente con añil. El pelo era de un gris lanoso, y además llevaba un delantal tan almidonado que apenas podía mirarnos por encima de los volantes del cuello; una barrera social en forma de delantalito. Y quizá fuera exigir demasiado a su noble tía, el pedirle que se ocupara del minial cuidado de las orejas de la criatura. Pero hasta la muda más preciosa, con las orejas sucias, resulta desagradable.

Se les colocó a la cabecera de la mesa. Durante un rato nos miramos unos a otros con la expresión bobalicona. Al fin, Frau Oberregierungsrat dijo:

—Espero que no estará muy cansada después del viaje.

—No —repuso la hermana de la baronesa, sonriendo dentro de la taza.

—Espero que la preciosa niña no esté cansada tampoco —añadió Frau Doktor.

—No, nada.

—Espero y confío en que esta noche dormirán bien —dijo respetuosamente Herr Oberlehrer.


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