En una pension alemana

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El poeta de Munich no quitaba sus ojos un momento de la pareja. Dejó que su corbata absorbiera la mayor parte del café, mientras las contemplaba arrobado. «¡Qué Pegaso más indomable!», dije para mí. Sus odas a la soledad iban a sufrir espasmos mortales. Porque en aquella joven había posibilidades de inspiración, y, no hace falta decirlo, de una dedicatoria. Así que desde aquel momento su doliente naturaleza se echó el lecho a cuestas y anduvo.

Terminada la comida se retiraron, para dejarnos hablar de ella con libertad.

—Se parecen —dijo Frau Doktor—. Son iguales. Y qué modales los de ella. Esa reserva, esas delicadas maneras con la criatura.

—Lástima que tenga que cuidar de la niña —exclamó el estudiante de Bonn.

Había estado confiado en que sus tres cicatrices y el galón producirían su efecto. Pero la hermana de una baronesa exigía más que todo eso.

Siguieron días muy ajetreados. De haber nacido en cuna menos alta, no hubiera podido sufrir que de continuo se hablara de ella, que se cantaran sus alabanzas y se llevase detallada cuenta de sus movimientos. Pero ella soportaba graciosamente nuestra adoración y nosotros estábamos encantados.


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