En una pension alemana

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Otorgó su confianza al poeta. Él le llevaba los libros cuando salían de paseo, él hacía cabalgar en sus rodillas —licencia poética— a la desdichada criatura. Y una mañana trajo al salón su libro de notas y nos leyó: «La hermana de la baronesa me asegura que va a entrar en un convento. (Esto hizo dar un salto en su asiento al estudiante de Bonn.) He escrito estas pocas líneas la pasada noche en mi ventana, abierta al apacible aire nocturnal.»

—¡Oh! —comentó Frau Doktor—, teniendo el pecho tan delicado.

Él le lanzó una mirada pétrea y ella se ruborizó.

—Sí; escribí estos versos:

¡Ah!, ¿quieres a un convento huir

tan joven, tan fresca, tan bella?

Trisca como un gamo por las praderas

y allí encontrarás la hermosura.

Nueve estrofas igualmente encantadoras le ordenaban ejercicios igualmente violentos. Estoy segura de que, si hubiese seguido los consejos del poeta, no hubiera podido recobrar el aliento ni aun pasándose todo el resto de la vida en el convento

—Le he obsequiado con una copia —nos dijo—, y hoy vamos a ir al bosque a buscar flores silvestres.


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