En una pension alemana

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—Va a estar muy picado —declaró el efusivo—. Se marea, ¿eh? Pues yo conozco un secreto para evitar el mareo. Mire: se tiende uno de espaldas, bien extendido, se cubre uno la cara, y no se come más que galletas.

—¡Dover! —gritó el revisor.

En el momento de cruzar la pasarela, renunciamos a Inglaterra. Hasta la hembra más recalcitrantemente británico-parlante sacó a relucir su pizca de francés. En la cubierta nos s-il-vous-plait-eábamos unos a otros; en la escalera nos merci-abamos y en el salón nos pardon-eábamos a más y mejor. La camarera de a bordo aguardaba al pie de la escalera. Era una mujer fornida, picada de viruelas, con las manos ocultas tras el delantal; un delantal profesionalísimo. Respondía a nuestros saludos con estudiada indiferencia, seleccionando mentalmente su presa.

Bajé al camarote para quitarme el sombrero. Allí estaba instalada una señora anciana.





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