En una pension alemana
En una pension alemana Todos hicieron lo mismo menos el francesito, que, sacando del bolsillo de la chaqueta un libro de pequeño formato, lo estuvo acunando en las rodillas mientras contemplaba los campos caldeados y polvorientos. El tren se detuvo en Shorncliffe. Silencio de muerte. Nada a la vista sino un gran cementerio blanquecino, que a la luz del crepúsculo tenía apariencia fantástica. Ángeles marmóreos de tamaño natural parecían estar presidiendo sobre aquella llanura sombría alguna lúgubre jira campestre de los difuntos de Shorncliffe. Una mariposa blanca pasó volando sobre la vía del ferrocarril. Cuando el tren se arrastraba dejando la estación vi un cartel que anunciaba el Athenaeum. El efusivo volvió a dar señales de vida gruñendo y bostezando y haciendo sonar las monedas que llevaba en el bolsillo del pantalón. Luego le metió al topo el codo por las costillas.
—Casi estamos llegando. ¿Quieres hacer el favor de bajar de la rejilla mis condenados bastones de golf?
Sentí acongojado el corazón al pensar en el futuro inmediato del topo. Pero él parecía muy contento. Se ofreció a buscarme en Dover un mozo y sujetó mi sombrilla en las correas de las mantas de viaje. Vimos el mar.