En una pension alemana
En una pension alemana —No ha sido nada; un accidente sin importancia —decÃa asombrosamente animada.
Pero Pierre estaba enfurecido.
—La culpa es de Mademoiselle por querer ver el Lac d'Amour —decÃa—. Será mejor que Madame cruce el prado y vaya a tomar algo en aquel cafetÃn de enfrente.
—No, no —protestaba ella.
Pero Monsieur secundó a Pierre.
—Espérese hasta que volvamos —me conminó el barquero, rencoroso.
Asentà y les di la espalda, pues ante el espectáculo de Madame renqueando por el césped como un ánade gigantesco y desgarbado, no podÃa resistir más. Y cuando uno viaja en lanchas tapizadas, no debe esperar encontrarse con personas lo suficientemente cultas para no tomar a mal la risa si brota de la simpatÃa. Una vez que se perdieron de vista, corrà con todas mis fuerzas por el prado, me escurrà bajo una valla y no volvà jamás a las proximidades del Lac d'Amour. «Que crean si quieren, que me he ahogado —pensé—; tengo canales para el resto de mi vida.»