En una pension alemana
En una pension alemana —¡QuĂ© contratiempo! Ya sabes que Brujas está sencillamente plagada de riquezas artĂsticas, cuadros, iglesias. Esta noche hay concierto al aire libre en la Grand Place, y mañana empieza un concurso de carillĂłn que durará toda la semana.
—Tengo que irme —dije en tono tan resuelto, que mi alma, estimulada por el ritmo de marcha del carillón, se puso a marcar el paso.
—Y luego las callejas solitarias y esos aromas de las viejas ciudades del continente, y las encajeras... ¡ImagĂnanos a los tres correteando por aquĂ, saturándonos de todo esto!
Suspiré y me mordà los labios.
—¿QuĂ© objeciones opone al voto de la mujer? —preguntĂł Guy, mientras seguĂa con la vista el plácido cortejo de las monjas que cruzaban entre los árboles.
—Siempre creĂ que te interesabas mucho por el futuro de la mujer —dijo Betty—. Ven esta noche a cenar con nosotros. Plantearemos con amplitud la cuestiĂłn. Ya sabes que tras de la vida agitada de Londres, aquĂ, en esta ciudad de la vieja Europa, le parece a uno ver las cosas de modo diferente.
—Diferente por completo —respondĂ, saludando con leve movimiento de cabeza, como a un viejo conocido, a la guĂa turĂstica que asomaba en el bolsillo de Guy.