En una pension alemana

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Hizo una señal al joven y añadió ruborizándose un poco, como si se tratase de algo que le avergüenza a uno, pero que hay que afrontar:

—Es mi marido.

Nos dimos la mano, y él se sentó también en el suelo, mordisqueando una hierbecilla. Quedamos en silencio hasta que Betty recobró el aliento y me apretó la mano.

—No sabía que estabas casada —dije tontamente.

—Sí, querida, y tengo un nene —repuso ella—. Ahora vivimos en Inglaterra. Estamos muy interesados con la cuestión del sufragio, ¿sabes?

Guy se sacó la hierbecilla de la boca.

—¿Es usted de los nuestros? —inquirió muy interesado.

Denegué con la cabeza y él volvió a mordisquear la hierba entornando los ojos.

—¿Cuánto tiempo vas a estar aquí? Es una oportunidad magnífica. Saldremos juntos y charlaremos largo y tendido. Ya sabes que Guy y yo no estamos en la luna de miel. Nos gusta tratar con otras personas de vez en cuando.

El carillón atacó la marcha de Aquí llega el héroe victorioso.

—Por desgracia, tengo que regresar a Inglaterra inmediatamente. He recibido una carta urgentísima.


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